NacionalesOpinión

(III de XX) Arlette Fernández, entrando ya en su adolescencia, primeras responsabilidades y formación en valores.

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Arlette fue creciendo en un hogar donde la palabra dada tenía tanto peso como un documento firmado. Desde muy pequeña comprendió que la confianza se construye con acciones diarias, y que la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace es la base de todo respeto. Sus padres, sin proponérselo, le sembraron la semilla de una rectitud que más tarde sería su carta de presentación en cualquier ámbito de la vida.

La adolescencia de Arlette coincidió con una época de cambios sociales y políticos en el país. Eran años en que la juventud empezaba a reclamar su espacio en la sociedad, y en que las mujeres, aunque limitadas por los cánones de la época, buscaban hacerse sentir en el estudio, en el trabajo y en la vida pública. Ella absorbía esas transformaciones con ojos atentos, comprendiendo que debía prepararse para un porvenir que sería más exigente que el de sus padres.

En la escuela se destacaba no solo por su aplicación académica, sino también por su liderazgo natural. No necesitaba alzar la voz para hacerse notar; bastaba con la serenidad de sus opiniones y la manera equilibrada con que enfrentaba los retos. Sus maestras la tenían como referente, y sus compañeros la buscaban para dirimir diferencias. Desde entonces se perfilaba la mujer de temple firme y corazón generoso que marcaría tantas vidas en el futuro.

Su inclinación hacia la lectura fue creciendo con el tiempo. No se conformaba con los textos escolares: buscaba libros, revistas que llegaban de la capital y hasta viejos periódicos que encontraba en casas de parientes. En esas páginas descubrió un mundo más amplio, donde las mujeres podían ser protagonistas de la historia y no solo acompañantes. Esa visión amplió sus horizontes y fortaleció su convicción de que la educación era el camino más seguro hacia la dignidad.

Cuando visitaba Santiago, quedaba maravillada por el bullicio de la ciudad, la vida cultural y el contacto con personas que traían ideas modernas. Aquellas experiencias la marcaron profundamente, haciéndole comprender que su vida no se limitaría a los linderos de Cenoví. Sabía que, tarde o temprano, le tocaría emprender un camino propio que la llevaría más allá de su terruño natal.

La disciplina que cultivó en casa se convirtió en su mejor aliada. Mientras otras jóvenes de su edad se distraían con trivialidades, Arlette se enfocaba en aprender, ayudar en las tareas familiares y cultivar amistades sinceras. No por ello dejaba de disfrutar de las alegrías simples: las fiestas patronales, los juegos tradicionales, las serenatas que se escuchaban en las noches cálidas del Cibao. En todo sabía mantener un equilibrio entre la responsabilidad y la alegría.

El bachillerato fue una etapa decisiva. Allí se encontró con docentes que reforzaron su amor por el conocimiento y le abrieron nuevas perspectivas. Empezó a destacar en asignaturas que exigían lógica y análisis, pero también se mostró hábil en la expresión escrita y oral. Esa mezcla de razón y sensibilidad sería clave en el futuro, cuando debiera enfrentar situaciones complejas sin perder la claridad ni la empatía.

En esos años juveniles, Arlette también empezó a forjar una conciencia social más definida. No era indiferente al dolor ajeno ni a las injusticias que veía a su alrededor. Su espíritu solidario la llevó a participar en actividades comunitarias y a brindar apoyo a quienes lo necesitaban, sin importar si se trataba de vecinos, compañeros o desconocidos. Ese sentido de servicio la acompañaría toda su vida, consolidándose como parte esencial de su identidad.

A medida que crecía, su carácter maduraba con una serenidad admirable. No se dejaba arrastrar por la impulsividad, prefería reflexionar antes de actuar y siempre ponía en primer plano el respeto por los demás. Esa actitud, sumada a una firmeza interior, le granjeó una reputación de joven confiable, alguien en quien se podía confiar tanto para un consejo como para una responsabilidad mayor.

La familia seguía siendo su principal escuela. Sus padres, con sus ejemplos diarios de trabajo, honestidad y entrega, eran su guía constante. Ella observaba, aprendía y aplicaba, sabiendo que el mejor tributo a ellos sería convertirse en una mujer íntegra, capaz de honrar el apellido que llevaba y de abrir caminos para las generaciones que vendrían detrás.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *