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Irán al borde del colapso «el cierre del gran bazar de Teherán desata una rebelión económica y política sin precedentes»

 

Por redacción internacional.-

En su cuenta de YouTube, el analista Jerry Jakson afirmó que el presidente ruso Vladímir Putin no esperaba que Teherán estallara de la manera en que lo está haciendo ahora, con protestas masivas que sacuden el corazón de Irán. Según explicó, lo que ocurre en la capital iraní no es un episodio aislado ni una simple manifestación coyuntural, sino el síntoma de una crisis profunda que amenaza con desestabilizar por completo al régimen de los clérigos.

Uno de los hechos más significativos es el cierre del gran bazar de Teherán, un acontecimiento que, para quienes conocen la política iraní, tiene un peso histórico enorme. No se trata de un gesto simbólico ni de una protesta menor: cuando el bazar baja sus persianas, el régimen tiembla. A lo largo de la historia moderna de Irán, el bazar ha sido un termómetro político y social, y su paralización indica que el descontento ha llegado a un punto crítico.

La raíz inmediata de esta explosión social está en el colapso económico. La caída de la moneda iraní ha disparado los precios de importación, mientras la inflación se mueve entre el 42 y el 52 %. En apenas un año, los alimentos han aumentado más de un 66 %, una cifra que asfixia a la población y hace imposible la actividad comercial. Los comerciantes ya no pueden comprar ni vender sin incurrir en pérdidas, lo que ha llevado al cierre total de zonas comerciales enteras.

Distritos emblemáticos como Aladdín, Shahartzhou o La-Hésar han bajado completamente sus puertas. Lo que comenzó como una protesta económica, motivada por la imposibilidad de sobrevivir, se transformó rápidamente en una rebelión política. Las consignas dejaron de hablar de precios y pasaron a exigir libertad y el fin de la dictadura, marcando un cambio cualitativo en el discurso de la calle.

El descontento ya no se limita a Teherán. Las protestas se han extendido a ciudades como Isfahán, Shiraz, Mashhad y Kermanshah, mostrando que la crisis es nacional. A este movimiento se han sumado los estudiantes universitarios con una energía que refleja algo más profundo que la simple oposición política: una reacción de supervivencia ante el hambre y la desesperación, porque el hambre no tiene ideología.

Las voces de los jóvenes, que afirman estar dispuestos a dar la vida por su país pero exigen que la situación cambie, evidencian que se ha alcanzado un punto de no retorno. Quizás lo más simbólico es que los mismos comerciantes que ayudaron a derrocar al sha en 1979 vuelven hoy a las calles, esta vez contra los clérigos, repitiendo un mensaje tan simple como demoledor: “cerradlo todo”.

El efecto dominó iniciado en la capital se extiende por todo el país a una velocidad difícil de contener. Esto ya no es un problema urbano ni una crisis localizada en Teherán, sino un colapso sistémico. El cierre masivo de comercios ha roto de manera abrupta la cadena de suministro, paralizando el flujo de mercancías entre los grandes almacenes de la capital y el resto de las ciudades.

Las consecuencias para la población son inmediatas y graves. En cuestión de días, los ciudadanos se enfrentan a estanterías vacías: no hay arroz, no hay medicamentos esenciales. Irán depende casi por completo de las importaciones para cubrir necesidades básicas de alimentación y salud, pero sin divisas no hay importaciones, y sin importaciones no hay productos. Cuando desaparecen los bienes esenciales, la indignación social se transforma en furia.

Este proceso también está erosionando el aparato de seguridad del Estado. Los policías que hoy se retiran frente a los manifestantes son hijos de las mismas familias golpeadas por la inflación, los alquileres imposibles y salarios que ya no alcanzan. Las estadísticas oficiales pueden parecer abstractas, pero en la calle se traducen en una lucha diaria por comer y resistir, mientras el país pierde acceso al agua y a los alimentos básicos.

Finalmente, la crisis ha destruido por completo el contrato social entre la población y el régimen. La obediencia a cambio de estabilidad ha sido anulada de forma irreversible. El hambre ha chocado frontalmente con el miedo, y ambos se han neutralizado. Al mismo tiempo, el incendio social ha llegado al interior del poder, con renuncias, amenazas entre altos funcionarios y una lucha interna abierta, impulsada por una realidad ineludible: no queda dinero y el sistema se está quedando sin respuestas.

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