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“La Frontera del Silencio: ¿Cuál es el verdadero origen del problema haitiano?”

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Desde hace ya varios años, la sociedad dominicana ha sido arrastrada a un debate casi interminable sobre el fenómeno de la migración haitiana hacia nuestro país. En cada esquina se habla del tema. En los medios, en las redes, en las calles y hasta en las logias. Pero más allá de la superficie, pocos se atreven a formular una pregunta elemental: ¿cuál es el verdadero origen del problema?

Se discute ampliamente sobre construir una verja perimetral en toda la frontera, como si un muro bastara para contener lo que el Estado ha dejado que fluya durante décadas por negligencia, permisividad o intereses ocultos. Se insiste en el respeto a las leyes migratorias y se señala con dedo acusador al inmigrante indocumentado, como si fuera el único culpable de un sistema roto.

Pero lo cierto es que este problema no nació ayer. Tampoco comenzó con la llegada masiva de haitianos buscando mejor vida. El origen está en la ausencia de políticas migratorias firmes, en el desinterés de las autoridades por establecer controles reales en la frontera y, peor aún, en los acuerdos económicos y políticos que, desde las sombras, han fomentado esta migración con fines de lucro.

Porque, digámoslo sin rodeos: hay manos dominicanas que se han beneficiado de este caos. Empresarios que prefieren la mano de obra barata, autoridades locales que hacen de la vista gorda y gobiernos que firman pactos internacionales sin consultar al pueblo. Y mientras eso ocurre, se culpa al que cruza la frontera, sin preguntarnos quién le abrió la puerta.

Se nos dice que hablar no resuelve, que lo que hace falta es actuar. Pero, ¿cómo actuar sin comprender? ¿Cómo proponer soluciones reales si no tenemos el valor de mirar hacia atrás y aceptar que este problema fue creado, alimentado y sostenido por muchos que hoy simulan querer resolverlo?

No se puede seguir jugando con la dignidad de dos pueblos. El dominicano, que se siente invadido y desprotegido. Y el haitiano, que es utilizado, explotado y luego perseguido. Ambos merecen respeto, pero también merecen la verdad. Una verdad que, hasta ahora, ha sido sustituida por propaganda, miedo y discursos vacíos.

La verja perimetral puede ser un símbolo, pero no será la solución si no se acompaña de políticas transparentes, cooperación binacional honesta, y sobre todo, voluntad real de poner orden donde ha reinado el desorden.

Porque el problema no es solo la migración. El problema es quién permitió, facilitó y se benefició del descontrol. Y hasta que no digamos eso en voz alta, cualquier verja será simplemente eso: una cerca que no cierra nada, pero que sí calla muchas verdades.

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