La guerra que encendió Israel, complicó Estados Unidos y la amenaza con sacudir la economía mundial”
Por Juan José Encarnación
SANTO DOMINGO, RD.-
El conflicto que hoy sacude al Medio Oriente vuelve a poner sobre la mesa una pregunta histórica: ¿quién provoca realmente las guerras y quién paga sus consecuencias? En este caso, la escalada inicia cuando Israel lanza ataques con misiles y operaciones aéreas contra Irán, justo en un momento en que se desarrollaban conversaciones diplomáticas que parecían avanzar de manera positiva. Este giro abrupto evidencia cómo, en muchas ocasiones, la diplomacia queda relegada frente a decisiones militares que encienden conflictos de gran escala.
A esta situación se suma la participación de Estados Unidos, la mayor potencia económica y militar del planeta, que interviene con su amplio arsenal y capacidad bélica. Sin embargo, la historia demuestra que tener superioridad militar no garantiza la victoria. Más aún, da la impresión de que no existe una estrategia clara y coherente para enfrentar un escenario tan complejo como el iraní, donde factores geopolíticos, culturales y religiosos juegan un papel determinante.

Si miramos hacia atrás, encontramos lecciones olvidadas. En la antigüedad, durante la Guerra del Peloponeso, el poderoso Imperio ateniense sucumbió al subestimar factores como la geografía y la resistencia de los pueblos. La historia ha demostrado una y otra vez que los territorios no solo se defienden con armas, sino con identidad, cultura y determinación.
Esa misma lección se repite en conflictos modernos. Estados Unidos vivió una retirada humillante tras años de ocupación en Afganistán, donde finalmente el poder quedó en manos de los talibanes, incluso heredando armamento militar. Antes de eso, la Unión Soviética también fracasó en ese mismo territorio, demostrando que la historia castiga a quienes no aprenden de ella.

Otro caso emblemático es la Guerra de Vietnam, donde Estados Unidos, pese a su poderío, no pudo imponerse. Tras años de combates, miles de bajas y una destrucción masiva, terminó retirándose sin lograr sus objetivos. La guerra dejó profundas heridas tanto en Vietnam como en la sociedad estadounidense, evidenciando el alto costo humano y político de estas intervenciones.
Situaciones similares se vivieron en Irak y Libia, donde las intervenciones extranjeras no lograron estabilidad, sino que dejaron escenarios de caos, fragmentación y crisis prolongadas. Hoy, incluso en Irak, las bases militares estadounidenses enfrentan presión constante para abandonar el territorio, lo que refleja un patrón repetitivo de intervenciones sin resultados sostenibles.

Por su parte, Rusia tampoco escapa a esta realidad. Su intervención en Ucrania ha demostrado que incluso las grandes potencias pueden quedar atrapadas en conflictos prolongados, con altos costos económicos, políticos y humanos, sin una victoria clara en el horizonte.
En el centro de esta tensión actual se encuentra el estratégico Estrecho de Ormuz, una vía clave por donde circula aproximadamente el 20% del petróleo mundial. Su control o bloqueo tiene implicaciones globales, afectando directamente a economías como China, Japón, India y Corea del Sur, lo que convierte este conflicto en un problema de escala mundial.

Algunos analistas consideran que figuras como Donald Trump han subestimado la complejidad del escenario iraní, creyendo que podría replicarse una estrategia similar a la aplicada en Venezuela. Sin embargo, el contexto es completamente distinto: Irán posee una vasta extensión territorial, una población de más de 90 millones de habitantes y una estructura política y militar profundamente arraigada.
Finalmente, lo que parece perfilarse no es una guerra convencional, sino una estrategia distinta por parte de Irán: no derrotar militarmente a sus adversarios, sino golpear la economía global, especialmente a través del petróleo. Al tensionar mercados energéticos y afectar el comercio internacional, Irán podría generar un impacto que trasciende el campo de batalla, afectando a todas las naciones, incluso a aquellas que no participan directamente en el conflicto.

