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La madrugada en que callaron las palabras de Antonio Guzmán

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

La noche del 3 de julio de 1982, la historia dominicana se estremeció con una decisión tan trágica como insondable: el presidente Antonio Guzmán Fernández, a pocas semanas de entregar el poder, decidió quitarse la vida en el Palacio Nacional. La República despertó ese sábado entre rumores, incredulidad y tristeza, cuando se confirmó que el mandatario se había disparado en el baño de la habitación presidencial. Horas más tarde, ya en la madrugada del día siguiente, falleció en el hospital militar Dr. Enrique Lithgow Seara.

Según se relata en el libro «Soldado de la Democracia», escrito por el abogado y político  Juan José Encarnación, el entorno político y emocional del presidente Guzmán era mucho más frágil de lo que se percibía públicamente. Las presiones acumuladas, las divisiones dentro del Partido Revolucionario Dominicano (PRD) y los rumores sobre corrupción entre figuras cercanas creaban un ambiente tenso, casi irrespirable.

Cabe destacar que muchas de las acusaciones de corrupción contra el Gobierno de Antonio Guzmán resultaron ser Fake News, alimentadas por las rivalidades internas y las tendencias enfrentadas dentro del PRD, que más que buscar la verdad, aspiraban al control del poder. Lo que vivió Guzmán fue una embestida injusta. Su figura fue víctima del fuego amigo, del cálculo político y del egoísmo de quienes no pudieron esperar su momento.

Con Antonio Guzmán llegó la auténtica democracia. Bajo su mandato se produjo la liberación de los presos políticos, el regreso de los exiliados, la separación de altos oficiales militares vinculados al balaguerismo, y una profunda renovación de las instituciones. Fue un presidente que, sin aspavientos, abrió el camino de la modernidad democrática en República Dominicana.

Fue un padre político para los hombres y mujeres del PRD. Muchos que hoy militan en el PRM reconocen que Don Antonio fue el origen moral e institucional de esa corriente. Su legado está ahí: limpio, valiente, honesto. A su familia se le debe una disculpa nacional por el trato injusto y desleal que recibieron en medio de aquellas intrigas.

Los que le hicieron esa maldad dentro del partido lo pagaron muy caro, en política y en conciencia. La historia terminó poniéndolos en su lugar, y elevando a Guzmán a donde siempre debió estar: al altar de los hombres íntegros que mueren con la verdad en el pecho.

El suicidio del presidente, sin embargo, arrojó una sombra sobre esa transición democrática que se presentaba como ejemplar. Nunca se aclararon del todo las motivaciones personales que lo llevaron a esa decisión. Algunos lo atribuyen a la depresión, otros a la presión política, e incluso hay quienes afirman que no quiso cargar con la vergüenza de ver expuestos a familiares o allegados en escándalos públicos. Pero ahora sabemos que no había culpa, solo intriga.

Lo cierto es que su muerte dejó muchas preguntas sin responder. El luto nacional se mezcló con el silencio institucional, y el país pareció entrar en una especie de pausa emocional, como si no supiéramos cómo lidiar con el suicidio de un jefe de Estado.

Hoy, más de cuatro décadas después, aquel episodio sigue siendo un punto ciego en nuestra historia política. Pero la verdad empieza a abrirse paso: Don Antonio no fue corrupto, fue traicionado. Fue un hombre justo que pagó un precio muy alto por su decencia. Y eso nos obliga a mirar su memoria con respeto, con vergüenza por lo que se le hizo, y con gratitud por lo que nos dejó.

Porque en la madrugada del 4 de julio de 1982 no solo murió un presidente. Murió también una ilusión.
Y así lo documenta Juan José Encarnación en «Soldado de la Democracia», una obra imprescindible para entender los silencios y las verdades de aquella tragedia nacional.

 

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