La mordaza invisible y el olvido de nuestros derechos odfélicos
Por Juan Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
Desde mi niñez he observado una verdad amarga: cuando la verdad incomoda, se hace todo lo posible para enterrarla. Es como si el silencio se convirtiera en ley, y la transparencia en traición. Y sin embargo, uno de nuestros eslóganes fundacionales proclama con orgullo: amistad, amor y verdad. ¿Cómo podemos hablar de verdad si, cada vez que intentamos decirla, nos enfrentamos a muros de censura construidos por aquellos que deberían ser sus guardianes?
En nuestra orden, los miembros más viejos —los que deberían ser faros de sabiduría— muchas veces han preferido actuar como centinelas del silencio. Te colocan mordazas. A veces visibles, con amenazas veladas o consejos “prudentes”. Otras veces, más sutiles: disfrazadas de normas, estatutos, protocolos… leyes que, bajo el pretexto de proteger la unidad, lo que realmente hacen es proteger a los que temen ser descubiertos.
Pero no todas las mordazas son impuestas. Hay otras más tristes: las que nacen de la ignorancia voluntaria. Muchos odfelos desconocen sus propios derechos dentro de la orden, simplemente porque no leen. No se toman el tiempo de estudiar nuestros reglamentos, nuestras actas, nuestras fuentes fundacionales. Y eso les convierte en presa fácil de los que manipulan el poder a su antojo.
La falta de lectura es la mayor aliada del silencio impuesto. Porque un hermano que no conoce sus derechos, es un hermano que no sabrá cuándo se los están pisoteando. Y esa ignorancia le impide levantar la voz. No es que no quiera hablar. Es que no sabe que puede —y debe— hacer.
Hoy, como miembro activo y comprometido, levanto esta voz en defensa de ese principio olvidado: la verdad. No la que conviene a las cúpulas, sino la que incomoda, la que revela, la que nos obliga a corregir el rumbo. Decir la verdad puede traer consecuencias, sí. Pero callarla es condenarnos a repetir errores y entregar la orden a quienes no la merecen.
Hermanos, recordemos quiénes somos y por qué existimos. Leamos. Cuestionemos. No permitamos que el miedo, el acomodo o la mordaza invisible nos impidan cumplir con el sagrado deber de preservar la verdad. Solo así honraremos, con dignidad, los valores que juramos defender. En la próxima bienal los delegados tienen el derecho de cambiar el rumbo por donde han querido tomar el camino equivocado, convirtiendo la Orden en una inmobiliaria.-

