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La pérdida del valor de la palabra y la urgencia de un timón moral en la sociedad actual

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Las declaraciones del general retirado Rafael Ramírez Ferreira han despertado gran preocupación, pues al afirmar que siente vergüenza ajena refleja un sentir colectivo de muchos ciudadanos que perciben cómo las palabras han perdido su verdadero valor en la sociedad. Antes, bastaba con un compromiso de palabra para sellar acuerdos o establecer pactos de confianza, pero hoy en día la realidad es otra: ni siquiera la palabra de honor parece suficiente, porque se ha degradado en medio de una cultura marcada por la desvergüenza.

Lo que Ramírez Ferreira expone con claridad es la necesidad de reconocer que ya no se puede depender únicamente del honor verbal. Hoy, para cualquier trato o compromiso, se exige un documento firmado y certificado, porque el valor de la palabra se ha vuelto tan liviano que es arrastrado por el viento. Se trata de una evidencia triste de que el peso moral que sostenía la palabra se ha desmoronado, debilitado por el incumplimiento, la mentira y la falta de ética en las relaciones humanas y sociales.

Este fenómeno no es aislado. Es parte de un proceso global donde los valores tradicionales han sido desplazados, y la verdad ha quedado relegada a un segundo plano. Vivimos en un mundo donde se lanzan principios a la hoguera con ligereza, priorizando los intereses particulares sobre el bienestar común. Lo más alarmante es que este deterioro moral se normaliza, como si fuera inevitable, cuando en realidad debería ser motivo de reflexión y rectificación.

El general retirado señala que enfrentamos una época de grandes cambios, y en esa transformación los valores son los más sacrificados. En lugar de fortalecer el honor, la lealtad y la transparencia, asistimos a la exaltación de la astucia, el oportunismo y la simulación. Estas actitudes solo alimentan la desconfianza, creando un entorno social y político donde ya nadie cree en la palabra del otro.

Sin embargo, dentro de esa visión crítica también aparece una chispa de esperanza. Ramírez Ferreira deja abierta la posibilidad de que surja un liderazgo moral que tome el timón y conduzca a la sociedad hacia un destino más noble y justo. Esa esperanza es la que mantiene viva la fe de que, aunque la corrupción, la inmadurez y la insensibilidad parecen dominar el presente, aún existe la posibilidad de rescatar la dignidad y la credibilidad.

El panorama descrito no se limita a la política o las instituciones; atraviesa la vida cotidiana. Desde los compromisos personales hasta las promesas sociales, la falta de cumplimiento se ha convertido en la norma. Esta situación erosiona las relaciones humanas, rompe la confianza comunitaria y destruye la base sobre la cual se construyen sociedades verdaderamente sólidas.

Las palabras del general retirado son una denuncia, pero también un llamado de alerta. Nos invitan a reflexionar sobre nuestra propia responsabilidad en este contexto, porque no se trata solo de señalar a los demás, sino de asumir que todos, en algún momento, hemos contribuido al debilitamiento de los valores al no honrar nuestra palabra o tolerar la desvergüenza ajena.

En definitiva, cuántas verdades se concentran en un solo artículo. Su mensaje nos recuerda que estamos navegando en un mar de incertidumbre, plagado de despotismo y corrupción, pero con la posibilidad de que, en algún momento, emerja un liderazgo que reivindique la palabra, el honor y los valores que una vez fueron el pilar de la sociedad. Ese anhelo no debe morir, porque sin esperanza no hay futuro posible.

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