La policía no se daña por la homosexualidad, se daña por la delincuencia
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.
Se ha querido satanizar la homosexualidad dentro de la Policía Nacional y en las instituciones militares del país, como si fuera el mayor de los males que puede existir en esas filas. Sin embargo, es importante recordar que esas mismas instituciones, en ocasiones, han albergado personas con conductas delictivas graves, incluyendo asesinos y rateros, sin que esto haya significado que la institución completa sea señalada por tales actos.
Es un hecho que la institución no permite el raterismo ni la delincuencia, y cuando estos hechos salen a la luz, se actúa en consecuencia. En cambio, la homosexualidad ha sido convertida en un estigma injusto, como si el simple hecho de una orientación sexual representara una falta ética o moral por sí misma, cuando la realidad es completamente distinta.
No podemos ni debemos marginar la homosexualidad dentro de los organismos del orden, porque la orientación sexual no define la capacidad, la disciplina ni el compromiso de un miembro de la Policía o de las Fuerzas Armadas. Lo que debe definirse es el comportamiento, el respeto a la ley y la adhesión a los valores institucionales.
Es necesario comprender que los actos verdaderamente dañinos para la moral institucional son aquellos que afectan la ética, la integridad y la seguridad ciudadana: la delincuencia, el crimen organizado, el abuso de autoridad, el robo y la corrupción interna. Esos son los males que ponen en riesgo la estabilidad y la confianza pública.
Ahora bien, también es prudente reconocer que, como instituciones jerárquicas y disciplinadas, debe existir un protocolo claro para regular la conducta interna de todos sus miembros. De igual manera que existen reglas sobre el uniforme, el comportamiento y las relaciones internas, puede existir una regulación que mantenga la convivencia adecuada, sin discriminación y sin excesos de ningún tipo.
Ese protocolo no debe nacer desde la persecución ni desde la exclusión, sino desde el respeto a la disciplina institucional. Lo que se debe evitar no es la orientación sexual, sino la práctica de cualquier conducta inapropiada dentro de los recintos institucionales, tal como se controla cualquier otro tipo de conducta fuera de reglamento.
En definitiva, es mucho más dañino para la Policía y las Fuerzas Armadas la presencia de un asesino o un ratero dentro de sus filas que la presencia de un homosexual que cumple con su servicio. Lo que debe preocupar verdaderamente a la nación no es cómo se siente alguien, sino lo que hace, lo que respeta y lo que viola. Porque la lealtad, la disciplina y la ética no tienen orientación sexual.

