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Los orígenes de Arlette Altagracia Fernández Saba (I de XX)

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

En el corazón de la comunidad de Cenoví, donde los caminos de tierra se confundían con los senderos del monte y las tardes olían a plátano hervido  y a café recién colado, nació el 28 de junio de 1937 Alma Arlette Altagracia Fernández Saba. Era la primogénita de un hogar humilde pero arraigado en valores sólidos: César Fernández Mena y Marta Saba Asfour la recibieron como un regalo divino, la primera flor que brotaba en medio de la aspereza de la vida campesina.

Cenoví, pequeña comunidad cercana a San Francisco de Macorís, no era más que un puñado de casas de madera y zinc desperdigadas entre plantaciones de cacao y plátano. Allí, el tiempo parecía avanzar al ritmo del sol y del canto de los gallos. El padre de Arlette, conocido cariñosamente por sus nietos como papagüelo, era un hombre recio en la faena pero dulce en el trato. Su vida giraba en torno a los plátanos de su finca y la leche de sus vacas.

Cada madrugada, antes de que el alba despuntara, César ya estaba de pie, machete en mano, dispuesto a enfrentar la rutina del campo. Sin embargo, su corazón escondía una ternura que se revelaba en cuentos y caricias bajo la sombra de un samán inmenso. Ese samán no solo daba sombra; era el escenario de las historias misteriosas que el abuelo compartía con sus hijos y nietos. Entre fantasmas de caminos y duendes traviesos, siempre había lugar para una risa franca y un abrazo sincero.

El carácter de César era como el caimito maduro: rústico por fuera, dulzura pura en su interior. Su nobleza lo convirtió en referente de toda la comunidad. Cuando un vecino tenía un problema, acudía donde él. Cuando faltaba un consejo, su palabra era la que orientaba. Y cuando la necesidad apretaba, compartía de lo poco que tenía.

No era un hombre instruido en letras, pero poseía la sabiduría de la tierra y de la experiencia, esa que se aprende caminando descalzo sobre los surcos húmedos de la madrugada. La historia de César llevaba en su sangre un pasado de lucha. El bisabuelo materno suyo había sido el general Juan Franco, fusilado por negarse a aclamar a Buenaventura Báez, testimonio de una estirpe que prefería morir con dignidad antes que claudicar. En esa herencia de valor y resistencia crecería Arlette, sin saber todavía que el destino le marcaría un camino semejante.

Por el lado materno, la vida de Arlette se enlazaba con tierras lejanas. Marta Saba Asfour, su madre, había llegado de un linaje palestino emigrado desde Nazaret a principios del siglo XX. Los Saba, como tantos otros, dejaron atrás su tierra ancestral buscando paz y oportunidad en un Caribe que prometía pan y trabajo. Marta, pequeña y delgada, parecía una pluma movida por el viento. Sin embargo, bajo esa aparente fragilidad se escondía una energía desbordante.

Era la última en acostarse y la primera en levantarse. Su vida era un ciclo interminable de trabajo y entrega, sin queja ni pausa. Hervía los bidones de leche destinados a la venta, preparaba la comida para peones y familia, cosía la ropa de todos, mantenía la casa impecable y todavía tenía fuerzas para elaborar un morir soñando que se volvía manjar celestial.

Su dulzura contrastaba con una disciplina férrea. Los hijos sabían que la ternura de mamá Marta iba acompañada de exigencia y ejemplo. En esa casa de trabajo y sacrificio creció Arlette, absorbiendo desde niña el sentido de la responsabilidad y la virtud de la humildad.

La infancia de Arlette estuvo marcada por el bullicio de la finca, el canto de los pájaros y el sonido metálico de los machetes abriendo camino entre la maleza. Sin embargo, más allá de lo rural, fue en la calidez de su hogar donde aprendió que la vida solo tiene sentido cuando se comparte con los demás.

El amor de su madre y la rectitud de su padre moldearon en ella una personalidad fuerte y sensible a la vez. Parte de su educación primaria la cursó en San Francisco de Macorís, bajo la tutela de su tía Chea Fernández, una mujer severa pero protectora.

En esa ciudad, más bulliciosa que su natal Cenoví, Arlette empezó a asomarse a un mundo distinto, con calles de comercio, colegios y mayor movimiento social. La transición del campo a la ciudad le abrió los ojos a nuevas realidades, pero no le arrebató la sencillez campesina con la que había sido formada.

 

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