Odfelismo: Una reflexión sobre la verdad
LA VERDAD SIN MASCARA EN EL ODFELISMO (3 de 3) «El último»
Por Juan Veras
SANTO DOMINGO.-
En tiempos de incertidumbre y conflicto dentro de nuestra comunidad odfela, me encuentro recordando un pasaje poderoso de las Escrituras:
“En Marcos 14:61, el sumo sacerdote pregunta a Jesús: «¿Eres tú el Cristo, el hijo del bendito?». Jesús responde con valentía: Yo soy».
Este momento culmina en una explosión de furia por parte del sumo sacerdote, quien rasga su túnica y acusa a Jesús de blasfemia.
Al igual que en esa narración bíblica, muchos de los miembros de los altos cuerpos de dirección dentro del odfelismo parecen estar esperando el momento en que yo cometa un error, listos para sacrificarme a la primera oportunidad.
Es una atmósfera de tensión y vigilancia constante, donde cualquier desviación de la norma es vista como una traición a nuestra causa.
Sin embargo, cabe destacar que en todo lo que escribo solo digo la verdad. Es mi deber como odfelo y como periodista señalar las verdades incómodas que muchos prefieren ignorar.
La disminución de miembros y la aparente pérdida de nuestra misión original son cuestiones que no podemos seguir pasando por alto.
Nuestros ancestros odfelos, hombres industriosos y benevolentes, construyeron esta orden sobre los pilares de la honestidad, el trabajo arduo y el servicio desinteresado.
Desviarnos de esos principios es una traición no solo a ellos, sino también a nosotros mismos.
Es cierto que los sacerdotes del odfelismo están al acecho, pero cuando se habla con la verdad y dicha con amor, crece nuestra amistad con todos los hermanos.
Debemos recordar que la verdad, aunque a menudo incómoda, es la única vía hacia la redención y el verdadero progreso.
No podemos permitir que el miedo a la represalia nos silencie. Es en estos momentos de crisis cuando más necesitamos aferrarnos a nuestros valores y enfrentar los desafíos con integridad y valentía.
Llamo a todos los odfelos a reflexionar sobre nuestra misión original y a trabajar juntos para revitalizar nuestra comunidad. No debemos temer la verdad ni las consecuencias de decirla.
Al contrario, debemos abrazarla como el camino hacia la renovación y el fortalecimiento de nuestra orden. “Estoy diciendo la verdad, aunque duela”

