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Que el recuerdo transforme el dolor en homenaje eterno

 

Por Redacción SDE digital

SANTO DOMINGO, RD.-

Aquel fatídico lunes negro dejó una herida abierta en el alma del pueblo dominicano. Un lugar que durante años fue sinónimo de alegría, de música y celebración, se convirtió en escenario de luto nacional. Desde entonces, el silencio ha sido más fuerte que las notas musicales que alguna vez retumbaron en sus paredes.

Pero hay voces que no se callan. El politólogo y abogado Juan José Encarnación ha elevado una propuesta que merece ser escuchada con respeto y con el corazón en la mano.

Su planteamiento va más allá del cemento y el mármol: propone que el lugar donde ocurrió la tragedia sea transformado en una gran plaza abierta de recreación con un monumento digno, en mármol blanco, que incluya una estatua en honor al icónico Ruby Pérez y a todas las víctimas que allí perecieron y un museo con los artistas que participaron en ese lugar trçagico.

Una pared de mármol es para grabar los nombres de los caídos con letras doradas, que sus nombres, grabados en piedra, sean una constancia viva de cuánta alegría ofrecieron antes de que la oscuridad llegara. Y que los instrumentos musicales de la orquesta sean colgados en una pared como símbolos de una cultura que no se rinde, aunque llore.

Convertir ese espacio en una plaza abierta no es una forma de borrar lo que pasó, sino de transformar la tristeza en memoria activa, en recordación útil, en advertencia para el futuro. Cada paso dentro de esa plaza sería un paso sobre la historia, sobre la música, sobre el recuerdo de vidas que no deben olvidarse jamás.

Esta propuesta también lanza un mensaje claro a las autoridades: el país necesita más que palabras cada vez que la tragedia golpea, necesita acciones que fortalezcan nuestra identidad y nuestra humanidad. Porque cuando el recuerdo se vuelve homenaje, y el homenaje se vuelve espacio público, estamos educando a nuevas generaciones sobre lo que no debe repetirse.

Que el mármol, el arte, la memoria y la vida cotidiana se abracen en ese espacio. Que se convierta en un santuario urbano, en una plaza viva que nos enseñe que, aunque el dolor sea inevitable, el olvido no es una opción.

Porque si el recuerdo permanece, la dignidad también.

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