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Un error amargo y una división inevitable

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Narrar la historia reciente del sistema político dominicano implica regresar, inevitablemente, a los días en que el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) se debatía entre la fidelidad a los ideales del Dr. José Francisco Peña Gómez y las urgencias del poder.

Uno de los momentos más amargos de esa historia se vivió en 2004, cuando la reelección presidencial de Hipólito Mejía abrió heridas profundas y definió un quiebre entre compañeros de lucha.

Juan José —testigo y protagonista de aquellos años— recuerda bien las diferencias irreconciliables que surgieron entre Hatuey De Camps y el liderazgo del PRD en torno al ideal antirreeleccionista, uno de los principios más defendidos por Peña Gómez.

Hatuey, discípulo fiel de ese legado, se opuso con firmeza a la repostulación de Hipólito, a pesar de las presiones internas. No fue simplemente una diferencia estratégica, sino un choque de visiones: mientras el oficialismo apostaba a prolongar el mandato, Hatuey advertía los riesgos de traicionar el ideario peñagomista.

El error de Hipólito fue grave: ignoró las encuestas, desoyó el sentir del pueblo y de sus propios compañeros, y forzó un proyecto reeleccionista que terminó debilitando al PRD. Pero también es cierto que Hatuey, en su oposición tajante, cometió a su vez un error político: en vez de pedir el voto crítico o el abstencionismo selectivo, mandó a votar “por el diablo antes que por Hipólito”.

Esa frase, cargada de frustración, tuvo consecuencias prácticas: allanó el camino para que Leonel Fernández regresara al poder y con él el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), iniciando una nueva etapa hegemónica en la política dominicana.

Esa fractura no fue solo ideológica, sino estructural. El PRD terminó dividido, con una parte aliada al gobierno de turno y otra marginada o en la oposición. Lo que había sido un partido de masas con fuertes raíces populares se desgranó por dentro, víctima de sus propias contradicciones, ambiciones y egos.

Fue un momento amargo, sin duda. Una oportunidad perdida. Y también una lección: cuando los partidos traicionan sus principios, cuando se antepone el interés personal al colectivo, y cuando se usa la historia como arma de conveniencia y no como brújula ética, el precio suele ser muy alto. En este caso, fue la pérdida del poder y la desintegración de una organización que una vez representó la esperanza del cambio.

Hoy, cuando el escenario político vuelve a polarizarse y a redefinirse, conviene recordar aquella amarga división. Porque no es repitiendo errores que se construye el futuro, sino aprendiendo de ellos.

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