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Un llamado a la verdad: respuesta firme a las sombras de la injusticia, el miedo y la ignorancia

 

Por Juan José Encarnación

SANTO DOMINGO, RD.-

Quiero ofrecer una respuesta fraterna y respetuosa a mi hermano Rafael Portorreal, motivado por su artículo reciente en el que aborda tres temas esenciales: la injusticia, el miedo y la ignorancia. Su reflexión merece una observación profunda, porque vivimos en tiempos donde cada palabra debe sostenerse sobre hechos verificables y no sobre percepciones que ya no se corresponden con la realidad del país.

En primer lugar, respecto al tema de la injusticia, debo afirmar categóricamente que nunca antes en la historia reciente de nuestra nación se había aplicado el peso de la ley sin distinción de clase social, poder económico o militancia partidaria como ocurre hoy. Este es un elemento que no puede ignorarse: la justicia dominicana está dando pasos importantes hacia la independencia, y ejemplos sobran donde miembros del partido oficial, empresarios, figuras mediáticas y ciudadanos comunes han enfrentado procesos sin privilegios excepcionales.

Sobre el miedo, considero fundamental puntualizar que ni en los gobiernos anteriores ni en el actual presidido por Luis Abinader los ciudadanos han experimentado una censura que les impida expresar lo que piensan. Hoy cualquiera puede emitir opiniones políticas, críticas o denuncias desde redes sociales, medios de comunicación o espacios comunitarios sin temor a represalias estatales. La libertad de expresión, aunque perfectible, está más viva que nunca y forma parte de los logros democráticos más apreciados por la ciudadanía.

En cuanto a la educación, jamás en nuestra historia escolar reciente se había brindado un apoyo tan amplio, sin importar clase social o condición económica. El fortalecimiento de la educación pública ha sido tan evidente que muchos funcionarios, profesionales y familias de clase media han optado por enviar a sus hijos a escuelas del Estado. Esto demuestra un avance en la calidad, en la infraestructura y en la confianza ciudadana hacia un sistema que tradicionalmente había sido relegado.

Este impulso educativo también refleja una visión de inclusión social que busca cerrar brechas y dar oportunidades reales a los jóvenes, independientemente del lugar en que nacieron. La apuesta por una educación más digna es uno de los pilares que mayor impacto tiene en la transformación de un país, pues es desde las aulas donde se construyen los ciudadanos capaces de enfrentar las injusticias, perder el miedo y derrotar la ignorancia.

Si mi apreciado hermano Portorreal desea notar con claridad la diferencia del avance que exhibe la República Dominicana, bastaría con comparar nuestra realidad con la de naciones donde la justicia está sometida, donde la libertad de expresión es controlada y donde la educación pública ha retrocedido notablemente. Un viaje a Venezuela, Nicaragua o Cuba serviría para observar de primera mano cómo se ve una sociedad cuando esos tres pilares fundamentales no reciben el respaldo que aquí sí se ha procurado.

Precisamente por haber avanzado, debemos seguir caminando hacia adelante, fortaleciendo lo que funciona, corrigiendo lo que falta y defendiendo los logros alcanzados para evitar que retrocedamos a modelos de control, silencio y desigualdad que nada aportan al bienestar nacional. El país no es perfecto, pero es innegable que muestra señales claras de madurez institucional y ciudadana.

Con estas reflexiones, invito a mi hermano Rafael Portorreal a mirar el panorama completo, sin prejuicios y con el ánimo sincero de reconocer lo que hemos mejorado como nación. Que el debate sea siempre constructivo, que las críticas se basen en hechos y que la verdad sea el punto de encuentro entre hermanos comprometidos con un mejor futuro para la República Dominicana.

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