Una madre dividida, un legado fragmentado
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
La historia reciente de la República Dominicana no puede contarse sin mencionar al Partido Revolucionario Dominicano (PRD), partido madre de los principales gobiernos que han dirigido los destinos del país en las últimas décadas. Desde sus raíces, el PRD fue el crisol donde se forjaron los ideales democráticos de la posdictadura, y también el terreno fértil donde crecieron los liderazgos que más tarde dieron paso a otras fuerzas políticas.
Tanto el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), fundado por Juan Bosch tras su salida del PRD, como el Partido Revolucionario Moderno (PRM), desprendido directamente del tronco perredeísta, llevan en su ADN la huella del viejo partido blanco. Es por eso que, más allá de sus diferencias aparentes, estas organizaciones políticas comparten un mismo sello histórico en cuanto al pensamiento político dominicano.
Sin embargo, esa raíz común no ha sido suficiente para lograr una cristalización política coherente. Por el contrario, ha habido una constante fragmentación ideológica y una incapacidad crónica para interpretar con claridad lo que realmente desea el pueblo dominicano.
En cada gestión de gobierno sea del PRD, del PLD o del PRM se han repetido los mismos baches políticos: clientelismo, corrupción, caudillismo, improvisación y una desconexión con los reclamos de justicia social y transparencia.
Juan Bosch, con la agudeza que lo caracterizó, ya lo advertía en su libro Composición Social Dominicana: la lucha interna entre pequeños y grandes caudillos ha sido una traba constante para el desarrollo político del país. Esa lucha intestina, cargada de ambiciones personales más que de convicciones ideológicas, ha impedido que avancemos como nación con un rumbo político firme y orientado al bien común.
La historia de estos partidos, que debieron permanecer unidos o al menos articulados bajo una plataforma común de desarrollo nacional, es hoy una constelación dispersa de intereses. Cada uno se ha apartado de su misión original, poniendo en evidencia que la herencia sin visión se convierte en lastre. La madre se dividió, y sus hijos caminan hoy por senderos separados, reproduciendo los mismos errores que juraron no repetir.
La pregunta que debe hacerse el ciudadano dominicano es simple: ¿cuánto más se puede esperar de partidos que nacieron para transformar, pero que han terminado por acomodarse al poder, repitiendo fórmulas gastadas?
La política dominicana necesita una regeneración ética, una relectura de sus orígenes y un compromiso real con la voluntad popular. De lo contrario, seguiremos atrapados en el ciclo de los caudillos, del pragmatismo sin alma y de la desconexión entre gobierno y pueblo. Y entonces, como ya advirtió Bosch, no habrá caudillo pequeño ni grande que pueda sacarnos del estancamiento político en que vivimos.

