(V de XX) Juventud adulta, universidad y el encuentro con Rafael Tomás Fernández Domínguez
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
En las páginas 6 y 7 del libro “Soldado de la democracia y militar de la libertad” escrito por Arlette Fernández, se cuenta un episodio que marcaría la vida de Arlette y que, con el paso del tiempo, adquiriría un matiz casi profético. Aquel domingo, su padre acudió a la escuela donde ella estaba interna, cursando el cuarto año del bachillerato. Su intención era llevarla a una fiesta organizada por la familia Fernández, sin sospechar que esa salida dominical cambiaría el rumbo de su historia personal.
La fiesta estaba colmada de jóvenes, muchachas y muchachos que seguían el ritual social de la época: ellas sentadas, esperando con recato a que un varón se decidiera a sacarlas a bailar, y ellos observando con cautela a quién invitarían. Era un ambiente cargado de expectativas juveniles, de miradas furtivas y de las ilusiones propias de la adolescencia.
Fue entonces cuando Fernández Domínguez, con la seguridad que lo caracterizaba, se animó a sacarla a bailar. Arlette aceptó la invitación con cortesía, pero durante el baile surgió un detalle que evidenció su temple y su carácter. Él se acercó demasiado, rompiendo el espacio que ella consideraba prudente, y sin titubeos ella le advirtió: “si sigues acercándote, te voy a dejar en el salón”.
La reacción de Arlette fue fiel reflejo de su firmeza. No toleraba una conducta que consideraba irrespetuosa, aun en medio de la música y el bullicio de la fiesta. Como él no atendió su llamado de atención, cumplió lo que había dicho: lo dejó en el salón y puso distancia entre ambos. Esa actitud sorprendió a más de uno, pues no era común que una joven se atreviera a marcar límites con tanta claridad en un contexto social de aquella época.
Sin embargo, lejos de sentirse ofendido o derrotado, Fernández Domínguez se tomó aquella respuesta como un reto y una revelación. Al final de la fiesta, acompañado de un amigo en la puerta de salida, pronunció unas palabras que quedaron grabadas como un anuncio del destino: “con esa me caso yo”. Era la declaración de un joven decidido, que había descubierto en Arlette algo más que gracia y belleza: había descubierto carácter.
Con el tiempo, aquel episodio inicial se convirtió en uno de los pasajes más recordados de la vida juvenil de Arlette. No fue solo una anécdota romántica, sino un testimonio de su personalidad fuerte y de la manera en que imponía respeto en cualquier circunstancia. Esa primera danza inconclusa marcó el inicio de un vínculo que más tarde habría de trascender lo personal para entrelazarse con la historia del país.
Tras concluir el bachillerato, Arlette se enfrentó a una encrucijada natural: debía decidir hacia dónde encaminaría su vida académica y personal. El anhelo de superación que llevaba en la sangre no le permitía conformarse con lo alcanzado. Soñaba con ampliar sus horizontes y abrirse paso en el mundo de la educación superior, buscando un destino propio que le diera voz y propósito.
Fue entonces cuando Santo Domingo apareció en su horizonte como la gran meta. La capital albergaba las principales universidades del país y se había convertido en el escenario de los grandes debates intelectuales y políticos de la época. Para Arlette, representar a las jóvenes de provincia en ese espacio era un desafío enorme, pero también la oportunidad de demostrar que el talento y la determinación no conocían de límites geográficos.
La ciudad la atraía por lo que simbolizaba: modernidad, apertura y posibilidad de forjarse un futuro distinto. Santiago, aunque cercano a su corazón, se quedaba pequeño frente a sus aspiraciones. La capital, en cambio, le ofrecía el reto de medirse en un ambiente competitivo y de gran efervescencia cultural, donde las muchachas del interior solían ser vistas con prejuicios, pero también podían brillar con luz propia.
Con ese sueño en mente, Arlette se encaminó hacia un nuevo capítulo de su vida. Su historia personal comenzaba a entrelazarse con la del país en un tiempo de cambios profundos, y lo que había empezado como una anécdota juvenil en un salón de baile terminaría siendo el preludio de un destino marcado por la firmeza, el compromiso y la búsqueda constante de la libertad.

