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(XIV de XX) Arlette Fernández: la memoria histórica como acto de amor y compromiso patriótico

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

En cada uno de los espacios en los que se presentaba, Arlette Fernández lograba transformar un auditorio en un lugar de aprendizaje vivo. No se limitaba a leer documentos o exponer fechas, sino que transmitía emociones, recuerdos y pasajes cargados de humanidad. Las escuelas y clubes se convirtieron en escenarios donde jóvenes y adultos se acercaban a la historia reciente de la República Dominicana a través de su voz. Su capacidad de narrar con pasión los hechos de abril de 1965 no solo informaba, sino que también inspiraba a las nuevas generaciones a valorar la democracia, la soberanía y el sacrificio de quienes defendieron la Constitución.

Organizar conferencias y charlas no era para ella un mero protocolo; era la manera de darle continuidad a una causa que entendía inconclusa. Su compromiso con la memoria no conocía de cansancio ni de límites geográficos. Viajaba por diferentes provincias llevando consigo un mensaje de unidad nacional y de responsabilidad cívica. Cada encuentro era cuidadosamente planificado para garantizar que los participantes no solo escucharan una historia, sino que también comprendieran su significado profundo en la vida actual de la nación.

En estos espacios educativos, Arlette hacía énfasis en el ejemplo de los protagonistas de la gesta de 1965, entre ellos su esposo, el coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez. Lejos de idealizarlo de manera superficial, lo mostraba como un hombre con virtudes, convicciones y sacrificios reales, alguien que había puesto la patria por encima de los intereses personales. Con ello, lograba que los estudiantes y oyentes no vieran a los héroes como figuras lejanas, sino como seres humanos de carne y hueso que tomaron decisiones difíciles en momentos cruciales.

Su estilo era dinámico y participativo. No se trataba únicamente de hablar; Arlette buscaba la interacción, hacía preguntas, provocaba reflexiones y generaba debates en los que los jóvenes encontraban un espacio para pensar el país desde una perspectiva crítica. Este método convertía sus actividades en verdaderos talleres de conciencia cívica, donde la historia no era un conjunto de datos fríos, sino una herramienta para formar ciudadanos responsables y comprometidos con el futuro de la República Dominicana.

La pasión que transmitía en cada relato provenía de su propia experiencia de vida. Haber sido compañera de un hombre que entregó todo por la democracia y haber enfrentado la viudez en circunstancias tan dolorosas le otorgaba una autoridad moral incuestionable. Sus palabras no eran teoría; eran testimonio, y eso era lo que conmovía y atraía a quienes la escuchaban. Para muchos jóvenes que apenas conocían de oídas la Revolución de Abril, escucharla era como asomarse a una ventana directa hacia los años sesenta y comprender el precio de la libertad.

Arlette concebía la memoria histórica como un acto de amor. Amor hacia su esposo, cuyos ideales no dejó morir; amor hacia sus hijos, a quienes enseñó a valorar la dignidad de su padre; y amor hacia la nación, que merecía conocer la verdad de su historia para no repetir los errores del pasado. Esta motivación íntima y colectiva a la vez le permitió mantener firmeza en su labor, sin importar la indiferencia de algunos sectores ni el paso del tiempo.

Al final, sus conferencias, charlas y encuentros trascendieron el plano académico para convertirse en gestos de compromiso patriótico. No solo sembró conocimientos, sino que encendió en muchos corazones la chispa de la responsabilidad social y el orgullo nacional. Su legado en este ámbito es invaluable: logró que la historia de 1965, lejos de quedarse en los libros o en los discursos oficiales, permaneciera viva en la memoria popular y en la conciencia de quienes la escucharon. Ese fue, sin duda, uno de los mayores aportes de Arlette a la construcción de una ciudadanía más consciente y responsable.

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