(XVI de XX) El compromiso de Arlette con la educación de los jóvenes
Por Roberto Veras
SANTO DOMINGO, RD.-
El compromiso de Arlette con la educación de los jóvenes era el eje fundamental de su misión de vida. Tenía la convicción de que en la juventud descansaba la verdadera esperanza de la nación y que, al sembrar en ellos principios sólidos de integridad, coraje y responsabilidad social, se podía construir un futuro más justo y democrático. Para ella, cada encuentro con jóvenes era una oportunidad de inspirarles y recordarles que tenían un papel protagónico en la historia que aún estaba por escribirse.
Su estilo cercano y humano le permitía conectar con las nuevas generaciones de una manera especial. No se trataba de discursos solemnes ni de palabras distantes, sino de un lenguaje alegre y accesible, cargado de ejemplos claros y anécdotas vividas. Así, lograba que los jóvenes se sintieran parte de un diálogo, más que simples receptores de información. Esta manera de enseñar fortalecía la confianza en sí mismos y despertaba el interés por aprender más allá de los libros.
Arlette concebía la educación como un proceso integral que no debía limitarse al conocimiento académico. Por eso, buscaba transmitir valores de solidaridad, compromiso cívico y respeto a la memoria histórica. Les enseñaba a mirar el pasado con ojos críticos, pero también con gratitud hacia quienes habían luchado por la democracia y la libertad. Con esa visión, lograba que los jóvenes comprendieran que ellos también tenían una responsabilidad frente a los desafíos del presente.
En escuelas, clubes culturales y comunidades, su presencia era esperada con entusiasmo. Los jóvenes sabían que no encontrarían en ella un discurso aburrido, sino una voz que hablaba con sinceridad y pasión. A través de dinámicas participativas, preguntas abiertas y el fomento del diálogo, lograba que los muchachos se sintieran protagonistas de su aprendizaje. Esa interacción creaba un ambiente de confianza que iba más allá del aula o del espacio de la conferencia.
Uno de los grandes méritos de Arlette fue mostrar a los jóvenes que la historia no es un conjunto de fechas muertas, sino un relato vivo que tiene repercusiones en la vida cotidiana. Les enseñaba que los hechos del pasado, como las luchas constitucionalistas, tenían un vínculo directo con los derechos y libertades que hoy disfrutan. Esa manera de presentar la historia les permitía reconocerse como herederos de una lucha y responsables de continuarla.
Su cercanía con la juventud no era improvisada, sino fruto de una vocación auténtica y de una preparación constante. Leía, investigaba y se mantenía al tanto de las inquietudes de los jóvenes para responderles con argumentos sólidos y ejemplos significativos. Así, Arlette se convertía no solo en una educadora, sino también en una guía, alguien que sabía escuchar y orientar, sin imponer, sino invitando a reflexionar y decidir.
Gracias a ese esfuerzo incansable, dejó una huella profunda en varias generaciones que encontraron en ella un modelo de compromiso y valentía. Su legado educativo no se mide únicamente en el conocimiento transmitido, sino en los valores sembrados en miles de jóvenes que hoy llevan consigo la inspiración de trabajar por un país mejor. De este modo, Arlette trascendió como una educadora integral, una mujer que entendió que enseñar era también formar ciudadanos conscientes y responsables.

