La fe que no se ve, pero se siente
Por Juan José Encarnación
SANTO DOMINGO, RD.-
Desde la calle, desde la acera donde caminan tantos que nunca pisan un templo, pero viven con más compasión y humildad que muchos que ocupan las primeras bancas, surge una reflexión incómoda pero necesaria: ¿De qué sirve ser santo en la iglesia si al salir se critica y se juzga a los demás?
Con frecuencia se alzan manos al cielo en señal de devoción, se llenan los templos de cánticos, se repiten oraciones y se memorizan versículos. Pero todo eso pierde su valor cuando, apenas se cruza la puerta del templo, se utiliza la lengua para destruir al prójimo, para esparcir veneno en forma de chismes, señalamientos y desdén.
La verdadera fe no se mide por la asistencia ni por la repetición mecánica de rituales. No se encuentra en la apariencia de santidad ni en las frases prefabricadas de consuelo. La verdadera fe se mide por la coherencia: esa concordancia entre lo que se predica y lo que se practica; entre lo que se dice creer y lo que realmente se hace por los demás.
A veces, quienes no pisan un solo culto tienen el corazón más puro que quienes no se pierden uno. Porque no es el banco que ocupas en el templo lo que te define, sino la forma en que tratas al que sufre, al que yerra, al que piensa distinto.
Quien solo ama a los suyos no ha entendido el mensaje. Quien solo respeta al que comparte su doctrina, no ha aprendido nada. Quien solo se entrega cuando hay cámaras o aplausos, no vive su fe, la representa como un papel.
No busca atacar a los creyentes sinceros porque los hay, y muchos, sino invitar a una revisión profunda de nuestras actitudes. No hace falta tener una Biblia bajo el brazo para vivir en el amor. No es necesario saberse todos los himnos para ser justo. A veces, el más lejano de los altares es donde se vive el evangelio más auténtico: el del respeto, la solidaridad, la verdad.
Porque al final del día, no seremos juzgados por las veces que dijimos “Amén” en la iglesia, sino por las veces que actuamos con compasión cuando nadie nos miraba.

