Opinión

El peligro del oportunismo político y la memoria corta

 

Por Juan José Encarnación

SANTO DOMINGO, RD.-

Algunos políticos dominicanos, especialmente aquellos que han ocupado altas posiciones en el poder, y se encuentran en la oposición abordan ciertos temas con una ligereza que demuestra su desconexión con la memoria histórica. Resulta irónico escuchar a exmandatarios y figuras públicas criticar los vínculos del narcotráfico con la política cuando ellos mismos se han fotografiado sonrientes junto a grandes capos de ese oscuro negocio. Si la memoria les funcionara con claridad, muchos evitarían tocar estos temas, pues las imágenes y los hechos del pasado los delatan. La sociedad observa con atención y cada vez menos tolera la hipocresía de quienes intentan borrar con discursos lo que ya está grabado en la historia visual y moral del país.

El oportunismo y el populismo se han convertido en los males más peligrosos de la política contemporánea. Muchos líderes de la oposición, en lugar de construir una propuesta sólida y seria, se dejan llevar por la emoción del momento y por la necesidad de captar titulares o aplausos fugaces. Esa falta de inteligencia emocional, unida a la carencia de tacto, los convierte en figuras descartables para dirigir los destinos nacionales. Gobernar un país requiere equilibrio, templanza y visión, no impulsividad ni resentimiento. Por eso, mientras más se expresan desde la rabia o la conveniencia, más se alejan de la posibilidad real de merecer la confianza del pueblo.

Luis Abinader, pese a las críticas y los errores propios de todo gobierno, representa la transición hacia una nueva camada de políticos que podrían consolidarse a partir del 2028. Su administración ha servido de puente entre las viejas prácticas de la política tradicional y la exigencia ciudadana de mayor transparencia y modernización del Estado. No obstante, el reto es enorme: si los nuevos líderes no aprenden de los errores del pasado y no limpian sus entornos de intereses oscuros, corren el riesgo de repetir los mismos vicios que hoy condenan a sus predecesores.

En ese contexto, el voto preferencial se ha convertido en un problema estructural que urge revisar. Lo que nació como un mecanismo para fortalecer la democracia interna de los partidos terminó siendo la puerta de entrada para candidatos con poder económico, muchas veces de origen dudoso. Este sistema ha permitido que narcotraficantes, riferos, lavadores de dinero y corruptos de toda índole lleguen al Congreso y a los ayuntamientos disfrazados de representantes del pueblo. Es una distorsión peligrosa que ha convertido la política en un negocio más que en un servicio.

Eliminar el voto preferencial y establecer controles más estrictos sobre el financiamiento político son pasos imprescindibles para rescatar la transparencia del sistema. La República Dominicana necesita una depuración profunda, tanto en sus partidos como en sus instituciones. De lo contrario, seguiremos caminando hacia un abismo político donde los intereses del crimen organizado dictarán las reglas. Aún estamos a tiempo de evitar ese vacío sin retorno, pero se requiere valentía, memoria y una verdadera voluntad de cambio. Solo así podremos construir un país donde la política vuelva a ser sinónimo de servicio, y no de corrupción ni oportunismo.

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