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 “Convertido y arrepentido Lucifer, una reflexión sobre el orden y la libertad”   (2 de 3)

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO.-

Si Lucifer decidiera un día arrepentirse y encaminarse hacia la redención, el infierno, tal como lo concebimos, se apagaría. Sin su presencia como el gran castigo eterno, los seres humanos perderían el miedo al fuego que siempre ha sido representado como la consecuencia última del pecado.

En un mundo donde el temor a ese abismo desapareciera, podría surgir una paradoja peligrosa: el aumento de la maldad en la Tierra. Lo que me resulta extraño es que, en la actualidad, Lucifer sea quien castiga a sus semejantes en el infierno, siendo él mismo el símbolo de la rebelión y el pecado.

Su rol como juez y ejecutor de las almas condenadas parece contradictorio, pues, al castigar, ejerce un papel que más bien debería pertenecer al bien supremo.  Si se convirtiera, tendría un impacto mucho mayor en los humanos, no solo por su redención, sino por el cambio radical en el balance del universo espiritual.

Sin la figura castigadora de Lucifer, ¿quién entonces equilibraría las acciones humanas? La ausencia de su rol como el símbolo del castigo eterno daría lugar a un caos moral en el que la línea entre el bien y el mal se desdibujaría. El temor al castigo, aunque controvertido, ha sido una guía para muchas almas indecisas.

Por otro lado, las iglesias se transformarían en templos de un solo discurso: el arrepentimiento de Lucifer. Dios, en su infinita bondad y misericordia, pasaría a un segundo plano, ya que las homilías y sermones se centrarían más en exaltar la redención del ángel caído que en recordar a los fieles el propósito divino. Sería un cambio que, aunque inesperado, trastocaría las bases de la fe tal y como las conocemos.

Frente a este escenario, quizás sea mejor que el mundo permanezca como está. La dualidad entre el bien y el mal nos da la capacidad de elegir, de ejercer el libre albedrío que tanto valoramos como seres humanos. Sin un antagonista, el balance que mantiene en marcha nuestras sociedades podría colapsar.

Al final, la paz en la Tierra no depende de un Lucifer arrepentido ni de la presencia de un infierno activo. Depende de la voluntad de los seres humanos de respetar las creencias y las decisiones de los demás.

Que cada quien crea en el Dios que desee, viva con el propósito que le parezca correcto y abrace el libre albedrío como un regalo sagrado. Solo en la diversidad y el respeto mutuo encontraremos la verdadera armonía en este mundo, que es el único que conocemos.

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