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El principio del fin del PRD

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

Era un secreto a voces que el Partido Revolucionario Dominicano (PRD) venía arrastrando conflictos internos desde hacía años, pero fue en el 2004 cuando comenzó a escribirse el capítulo más doloroso de su historia: el principio del fin.

Las diferencias entre dos de sus principales líderes, Hipólito Mejía y Miguel Vargas Maldonado, se volvieron irreconciliables, fracturando no solo las estructuras partidarias, sino también la esperanza de millones de perredeístas que veían en su organización política una vía real para transformar al país.

La disputa no fue ideológica ni de principios: fue una lucha de egos, de protagonismos personales y de poder. Hipólito Mejía, luego de perder las elecciones del 2004, se distanció completamente del nuevo liderazgo que pretendía encabezar Miguel Vargas.

A pesar de que ambos venían de la misma casa, del mismo partido forjado en la lucha democrática y heredero del pensamiento de José Francisco Peña Gómez, no pudieron sentarse en la misma mesa.

Hipólito nunca se integró a la campaña de Miguel, y Miguel, por su parte, optó por un proyecto personal donde no le interesó usar ni los símbolos ni la figura de Peña Gómez como bandera. Prefirió construir una identidad distinta, desligada del legado del líder histórico del PRD.

¿Quién tenía la razón? La respuesta es dura, pero necesaria: ninguno de los dos. Ni Hipólito ni Miguel fueron capaces de ver más allá de sus aspiraciones. Ninguno entendió que el PRD no les pertenecía, que era un patrimonio colectivo que debía ser preservado por encima de las diferencias personales. Lo que primó fue la intolerancia entre compañeros, la falta de diálogo sincero, la negativa a ceder por el bien común. Esa fue la semilla de la división.

El resultado está a la vista. De aquel partido vibrante que enarbolaba la justicia social, la democracia y la participación ciudadana, hoy solo queda una sombra. Las luchas internas desgastaron la confianza de la militancia, provocaron desprendimientos dolorosos como la creación del PRM y sepultaron cualquier posibilidad de volver a ser la principal fuerza opositora del país.

El principio del fin del PRD no se dio por un solo hecho, pero sin dudas tuvo su detonante en la disputa entre Hipólito y Miguel. En vez de construir puentes, ambos cavaron trincheras. En vez de convocar a la unidad, promovieron divisiones. Y así, lo que alguna vez fue un partido de masas, terminó siendo víctima de su propia incapacidad para resolver los conflictos internos.

La historia juzgará a cada uno, pero ya el pueblo lo ha hecho en las urnas. El PRD se desdibujó no por falta de votos, sino por falta de visión, de humildad y de compromiso con los ideales que decía defender. Hoy, otros partidos deberían mirar ese espejo antes de repetir los mismos errores. Porque cuando la intolerancia se impone entre compañeros, cuando los egos pesan más que los principios, el final nunca es noble.

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