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La industria del chantaje disfrazada de comunicación

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

En los últimos años, hemos sido testigos de cómo ciertos sectores de la comunicación, especialmente en las redes sociales, han degenerado en una peligrosa maquinaria de manipulación, difamación y chantaje. Lo que antes era una vocación noble: informar, formar y orientar, ha sido secuestrada por individuos sin escrúpulos que se hacen llamar comunicadores, pero que en realidad son extorsionadores profesionales y constructores de noticias falsas.

Han convertido la comunicación en una verdadera industria del chantaje. Detrás de un micrófono, una cámara o un teclado, se parapetan falsos comunicadores auténticos sicarios mediáticos, gallaretas amaestradas,  que operan con el único objetivo de conseguir dinero fácil a costa de destruir reputaciones. Estos personajes han hecho del morbo, la mentira y el escándalo su forma de vida, generando miedo y desconfianza en la sociedad.

En esta industria perversa hay de todo: actores intelectuales que diseñan campañas, patrocinadores que se benefician del daño ajeno, y ejecutores materiales que graban videos y difunden “primicias” sin el menor rigor ni respeto por la verdad. Algunos de estos “influencers de la calumnia” han logrado acumular fortunas, mientras envilecen el oficio del periodismo y pisotean la ética más elemental.

Muchos de nosotros, al principio, escuchamos a estos individuos con atención. Hablaban con tanta seguridad, con tanta vehemencia, que llegamos a creerles. Pero con el tiempo, la verdad ha salido a flote. Hoy los vemos desfilar por los tribunales, arrastrando la dignidad, ofreciendo disculpas por las mentiras difundidas, pidiendo clemencia tras haber causado daños irreparables a personas e instituciones.

Es entonces cuando comprendemos que no eran comunicadores, sino farsantes. Que no defendían la verdad, sino que se lucraban del caos. Que no eran la voz del pueblo, sino el eco del chantaje. Detrás de sus denuncias no había investigación ni conciencia, sino factura y soborno.

Urge, como sociedad, poner un alto a esta práctica. No se puede seguir premiando la calumnia con vistas, likes o pagos encubiertos. El verdadero periodismo debe ser rescatado de las manos de quienes lo han convertido en una cueva de bandidos digitales. Porque una sociedad mal informada es una sociedad vulnerable, y una prensa corrupta es tan peligrosa como una justicia podrida.

Hagamos una reflexión colectiva. No todo el que habla en un micrófono es periodista. No todo el que hace un “live” es comunicador. Y no todo el que acusa tiene la verdad. El periodismo es demasiado sagrado como para dejarlo en manos de los que solo buscan dinero fácil a través de la difamación.

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