Opinión

La tecnología del siglo XXI redefine el poder y el desenlace de las guerras modernas

 

Por Juan José Encarnación

SANTO DOMINGO, RD.-

Desde hace varios años he sostenido que Rusia, en términos tecnológicos, se ha quedado anclada en un esquema propio del siglo XX, y la guerra que mantiene con Ucrania ha servido para evidenciar esa realidad. Al inicio del conflicto se aseguró que la operación militar duraría apenas tres días, pero el paso del tiempo desmintió de manera contundente esas afirmaciones. Hoy, ese enfrentamiento se encamina a cumplir casi cuatro años, demostrando que las previsiones basadas únicamente en el poderío militar tradicional resultaron profundamente equivocadas.

La prolongación de la guerra ha puesto de relieve que ya no basta con disponer de grandes cantidades de tropas, tanquetas, armamento convencional o bombas nucleares. En el escenario bélico actual, la tecnología juega un papel determinante y define, en gran medida, el curso y el desenlace de los conflictos. Quien no logra adaptarse a los avances tecnológicos del siglo XXI se ve condenado a guerras largas, costosas y desgastantes, tanto en lo humano como en lo económico y político.

En contraste, las guerras modernas se deciden cada vez más por la capacidad tecnológica, la inteligencia, la precisión y la velocidad de ejecución. No basta con tener una cantidad de  armamento de guerra del pasado. Sistemas avanzados de comunicación, guerra electrónica, ciberoperaciones y armamento de alta precisión han sustituido la lógica del enfrentamiento masivo. La experiencia contemporánea demuestra que la superioridad tecnológica puede neutralizar en poco tiempo estructuras militares que, en apariencia, parecen robustas por su tamaño o volumen de recursos.

Un ejemplo de esta nueva realidad se pudo observar en la intervención de Estados Unidos contra objetivos en Venezuela, donde una operación que estaba prevista para durar varias horas fue resuelta en apenas media hora. Esta acción evidenció el uso de tecnología propia del siglo XXI, capaz de ejecutar ataques quirúrgicos, rápidos y altamente efectivos, reduciendo tiempos, riesgos y costos operativos.

En conclusión, la guerra del siglo XXI no se gana con la acumulación de soldados ni con el despliegue de armamento pesado tradicional, sino con innovación, tecnología avanzada y capacidad estratégica. El conflicto entre Rusia y Ucrania confirma que quien no evoluciona tecnológicamente queda rezagado, mientras que las potencias que dominan las herramientas modernas imponen su superioridad en lapsos cada vez más cortos. La lección es clara: la tecnología ya no es un complemento de la guerra, sino su eje central.

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