Con la venta de la logia de San Cristóbal el Zorro sorprende a los miembros de la Gran Selva
Por Juan Veras
SELVA DE SAN CRISTOBAL.-
En lo más profundo de la Gran Selva odfélica, donde los ecos de la vida se entrelazan como las raíces de los árboles antiguos, una noticia inesperada sacudió la tranquilidad del lugar y alarmó a los más astutos. En este vasto paisaje, donde los leones, con su majestuoso rugido, se afanaban en buscar nuevas fuentes de dinero fácil, una sombra de inquietud se cernía sobre la comunidad.
El viejo elefante, un coloso de piel gris y memoria prodigiosa, siempre dispuesto a olfatear donde hay intereses, se enteró —no por los canales oficiales que se suponen confiables— de que en San Cristóbal se había vendido un predio perteneciente a una logia.
Sin pensarlo dos veces, el elefante se presentó en la escena, con aires de fiscalizador e inquisidor, como un juez que viene a impartir justicia, aunque su verdadero interés era el oro que brillaba en la lejanía. Pero lo que el elefante ignoraba era que la danza de la selva ya había cambiado.
Tres meses atrás, en medio de susurros y sombras, el zorro de San Cristóbal —ágil, astuto y silencioso como un susurro en la noche— había concretado la venta del antiguo local. Con la visión de un estratega y la determinación de un guerrero, había adquirido un nuevo terreno, donde ya se encontraba en proceso de construcción una gigantesca edificación.
Este ambicioso proyecto desafiaba abiertamente a los leones mañosos de la Gran Selva, quienes solo buscaban ventajas personales y beneficios inmediatos, olvidando el bienestar de la comunidad.
La moderna edificación, que se alzaba como un faro en la densa vegetación, no solo prometía ser un espacio amplio y adecuado, sino que estaba destinado a convertirse en un Gran Club, un lugar digno del presente y del porvenir, donde la colaboración y el desarrollo florecerían en lugar de la codicia y el egoísmo. Cada ladrillo colocado en su construcción era un acto de resistencia frente a los intereses de aquellos que se aferraban al poder a través de la intimidación.
La astucia del zorro no pasó desapercibida. Ante el asombro del elefante y los gruñidos disimulados de los leones, que se sentían acorralados por la inteligencia y la planificación del zorro, este último no titubeó.
Cuando se le cuestionó sobre el sigilo de la operación, respondió con firmeza y verdad, como un río que fluye sin miedo a desbordarse: “Las logias son soberanas, y sus miembros, en uso de sus derechos, decidieron qué hacer con sus bienes”.
No hubo ocultamiento, sino prudencia; una sabiduría que solo los más astutos comprenden. Y entonces, lanzó una afirmación que retumbó entre los troncos y raíces de la selva, resonando como un trueno en la distancia: “A lo que vinieron el elefante y los leones no fue a investigar, sino a ver cuánto les tocaba de manera personal”.
La noticia de la audacia del zorro se esparció rápidamente por el reino animal, sorprendiendo a todas las criaturas de la selva. Desde las aves que revoloteaban entre las ramas hasta los ciervos que pastaban en los claros, todos hablaban de su osadía y su brillantez.
El zorro se convirtió en un símbolo de ingenio y resistencia, una figura que desafiaba las normas establecidas por los poderosos. Su habilidad para diseñar un futuro en lugar de simplemente reaccionar a las circunstancias lo colocó en el centro de la atención, y su construcción se convirtió en un faro de esperanza para aquellos que anhelaban un cambio.
Este relato apenas comienza, como el alba que asoma entre las copas de los árboles. La selva, siempre atenta, se prepara para presenciar el desenlace de esta intrigante trama. Seguiremos informando sobre la sorprendente venta —y sobre todo, sobre los verdaderos intereses que se mueven tras bambalinas, donde algunos aparentan rugir por la ley, pero solo están cazando beneficios particulares.
La selva está llena de secretos, y el zorro, con su astucia, se sienta en la cima de la cadena alimenticia, construyendo un futuro que desafía a los leones mañosos, mientras ellos buscan socavar sus esfuerzos. Aquí, en esta selva de intereses y luchas, la astucia brilla más que la fuerza bruta, y el zorro, que danza entre sombras, se convierte en el verdadero rey del relato.

