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“Duvalier” el poder nacido en las montañas, la herencia impuesta y la impunidad que condenó a Haití

 

Por Roberto Veras

SANTO DOMINGO, RD.-

François Duvalier comprendió algo que ningún político haitiano había entendido antes: el verdadero poder no residía en Puerto Príncipe, sino en el campo, en las montañas, entre los millones de haitianos negros pobres históricamente ignorados por las élites mulatas. A través de la medicina del budú y su contacto directo con las comunidades rurales, Duvalier logró penetrar profundamente en el imaginario popular, construyendo una base de apoyo sólido y emocional que transformó en capital político.

En 1946, Duvalier ingresó al gobierno como director general del Servicio Nacional de Salud Pública, y en 1950 fue nombrado ministro de Salud y Trabajo. Sin embargo, ese mismo año un golpe militar alteró el panorama político y lo obligó a esconderse. Durante años vivió en la clandestinidad, refugiado en las montañas junto a los campesinos, donde tejió lealtades, construyó redes de poder y fortaleció su imagen de líder cercano al pueblo olvidado.

En 1957, las circunstancias cambiaron drásticamente. Se promulgó una nueva Constitución y se convocaron elecciones. Duvalier, apoyado por sectores del ejército y respaldado por las masas campesinas negras, ganó la presidencia. Su discurso era simple pero efectivo: nacionalismo negro, reivindicación de los pobres y la promesa de acabar con el dominio histórico de la élite mulata que había controlado el país durante décadas.

Los primeros meses de su gobierno fueron relativamente tranquilos, pero rápidamente comenzó una purga sistemática. Más de 2,500 empleados del Estado, en su mayoría mulatos de piel clara —descendientes de esclavos liberados y colonos europeos— fueron desplazados. Estos grupos, históricamente ubicados en la cúspide de la jerarquía social haitiana, se convirtieron en el blanco principal del régimen que irónicamente había construido su poder atacándolos.

Mientras tanto, el destino de su hijo ya estaba sellado. Jean-Claude Duvalier, conocido como “Baby Doc”, nació el 2 de julio de 1951 en Puerto Príncipe. Desde su nacimiento, su vida estuvo marcada por un futuro que nunca eligió. A diferencia de su padre, no era brillante ni carismático, carecía del talento político y del instinto manipulador que había definido a “Papa Doc”.

Jean-Claude era un joven tímido, sin ambiciones políticas. Solo deseaba disfrutar de los privilegios de ser hijo del presidente: autos rápidos, fiestas y mujeres. Estudió en colegios exclusivos como el New College Bird y San Luis de Gonzaga, destinados a la élite haitiana, y luego ingresó a la Universidad de Haití para estudiar Derecho, aunque nunca mostró verdadero interés académico ni vocación pública.

El 21 de abril de 1971, François Duvalier murió de un ataque cardíaco a los 64 años, con su cuerpo devastado por la diabetes y enfermedades del corazón. En sus últimos meses de vida, había orquestado meticulosamente la sucesión: modificó la Constitución para reducir la edad mínima presidencial y organizó un referéndum fraudulento que aprobó a su hijo como heredero del poder.

La transición fue perfecta, demasiado perfecta. Con apenas 20 años y 9 meses, Jean-Claude Duvalier se convirtió en el presidente más joven del mundo. El régimen continuó con prácticas brutales: torturas, desapariciones forzadas, ejecuciones sumarias y prisioneros que morían de hambre en las cárceles. El aparato represivo, incluidos los temidos Tontón Macoutes, permaneció intacto.

Décadas después, más de 20 víctimas presentaron denuncias formales contra Baby Doc exigiendo justicia. Organismos como Amnistía Internacional, Human Rights Watch y la ONU presionaron para que se le juzgara. En enero de 2012, un juez instructor emitió una recomendación clave: los crímenes de lesa humanidad son imprescriptibles según el derecho internacional.

Tanto las víctimas como Jean-Claude apelaron la decisión. Las víctimas exigían que se incluyeran cargos por crímenes de lesa humanidad, mientras Baby Doc alegaba protección por conexiones históricas y respaldo diplomático. Llegó a Haití en un avión estadounidense y ningún país lo extraditó, reflejando una realidad incómoda: los dictadores suelen protegerse entre sí.

La impunidad de Baby Doc no fue solo responsabilidad de Haití, sino un fracaso de la justicia internacional. Francia y otras potencias evitaron sentar precedentes que pudieran afectar a futuros dictadores en busca de refugio. Lo más trágico es que Haití no aprendió la lección: tras su caída llegaron más golpes militares, gobiernos corruptos, ocupaciones extranjeras y una inestabilidad permanente.

Hoy, Haití sigue siendo el país más pobre del hemisferio occidental, con baja esperanza de vida, educación limitada y violencia endémica. Los Duvalier no fueron la única causa de esta tragedia, pero sí establecieron un legado de corrupción, autoritarismo y saqueo que aún persiste. Jean-Claude Duvalier tuvo opciones: pudo renunciar, reformar, desmantelar la represión y devolver lo robado. En lugar de eso, eligió el lujo, la corrupción y la impunidad.

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